Rápidamente me di cuenta de que el estigma que muchas veces está asociado con el herpes no refleja la realidad de lo que es vivir con la enfermedad.
Todos hemos visto alguna vez esos avisos de medicamentos para el herpes. Mis amigas y yo nos reíamos cuando escuchábamos esa música sensiblera y veíamos a la chica acurrucándose al lado de su novio, mientras el locutor mencionaba los efectos colaterales del medicamento. Yo veía esos avisos como una cosa lejana, pensando: "No hace falta prestar atención... a mí nunca me va a pasar eso."
Tenía 26 años; mi ex y yo estábamos separándonos pero todavía dormíamos juntos. Una mañana me desperté con una sensación de cosquilleo en la parte superior de los muslos, casi en el hueso. Me acuerdo que pensé: "Mmmm... yo ya tuve esta sensación alguna vez". A las horas, tenía la piel cerca de la vulva roja e inflamada, y se me empezó a formar un pequeño bulto, como un grano. Seguí con ese bultito durante algunos días, pensando que se me iba a ir con el tiempo.
El día que supe
Cuando me empezó a doler tanto que ya no pude soportarlo, fui a consultar al ginecólogo, quien después de revisar y palpar ese bultito dijo: "Si, parece una lesión herpética".
"¡¿Una qué?!" ¿Una lección hermética? ¿Una visión patética? "Uy... ¿Qué es eso?" pregunté entre sollozos.
"Seguramente es un herpes. Nada grave," dijo mi médico. "Haremos unos análisis para mayor seguridad, pero estoy casi seguro de que es un herpes."
¡¿Nada grave?! Sentí que mis mejillas me ardían mientras apretaba los puños con fuerza. Se me hizo un nudo en la garganta. Traté de respirar, pero lo único que sentía era el nudo. Esperé que siguiera hablando, que me explicara de qué se trataba y cómo manejarlo. Pero no dijo nada más. Cuando salió del consultorio, me vestí de prisa y salí a la calle.
Era una tarde soleada y caminé sin parar y sin rumbo. Recién cuado mi ex me llamó me di cuenta de que había llegado hasta el centro. Me temblaba la voz cuando le conté lo que me había dicho el médico. No quería decirlo en voz alta, no quería que fuese real. Pensé en el aviso, en la chica y el chico, en cómo se abrazaban. "Yo soy la chica de ese aviso", me decía a mí misma. "Yo tengo herpes." Me lo decía en silencio, tratando de hacerme a la idea.
Tiempo de elaboración
Los días siguientes, después que me confirmaron el diagnóstico, fueron muy difíciles. Mis padres y mi hermana me llamaban a cada rato y se preguntaban porqué no les devolvía el llamado. Yo no quería hablar con nadie, no quería ver a nadie ni que nadie me tocara. Tenía un millón de preguntas en mi cabeza: ¿Quién me había contagiado? ¿Podría volver a tener relaciones sexuales? ¿Qué había hecho para merecer esto? ¿Quién me iba a querer cuando supiese lo que tenía?
Durante las semanas siguientes, hice un profundo autoanálisis. Empecé a aceptar la situación en lugar de espantarme. El temor y la angustia del principio se transformaron en una urgencia por aprender todo lo posible sobre los herpes. Rápidamente me di cuenta de que el estigma que muchas veces está asociado con el herpes no refleja la realidad de lo que es vivir con la enfermedad. Hay muchos mitos sobre el herpes: Las personas con herpes no deben volver a tener relaciones sexuales nunca. Solamente las personas con una vida sexual promiscua tienen herpes. Nada de esto es cierto. También supe que había una razón para que la sensación de cosquilleo que tuve antes del brote me resultara familiar. Recordé haber experimentado esa sensación cuando tenía 19 años, justo después de perder mi virginidad. Había estado viviendo con herpes durante casi una década.
El paso siguiente fue compartir lo que me pasaba con algunas de mis mejores amigas que me brindaron su apoyo; eso me ayudó y me reconfortó. Poco a poco, me empezó a resultar más fácil aceptar mi realidad.
De cara al futuro
El problema más difícil ha sido asimilar la idea de que antes de tener relaciones es necesario que le diga a toda nueva pareja que tengo herpes. Ahora, cada vez me resulta más fácil hacerlo, pero al principio estaba aterrorizada. Estaba segura de que mi pareja saldría corriendo. Pero en los últimos dos años lo único que tuve fueron respuestas positivas de los hombres con los que tuve relaciones, que, si no sabían mucho del tema, me han pedido que les explique. Todos fueron comprensivos y cada uno me ayudó a su manera. Algunos incluso se alegraron cuando se los dije, porque también tenían herpes. ¡Porque es muy común!
Lo importante es abordar el tema con confianza y sin miedo. No se puede esperar que lo acepten si yo no lo estoy aceptando. La forma de reaccionar revela su nivel de madurez y conocimiento. Como dice mi mejor amiga: "Nena, la verdad es que eres afortunada porque tienes un detector de estúpidos incorporado."
Vivir con herpes me sirvió para estar en contacto conmigo misma y con mi cuerpo. Sé que si tengo un brote (que son pocos y espaciados) es porque mi organismo me está dando una señal de alerta: bajar el ritmo, comer mejor y descansar más. El herpes es parte de mi vida, pero no es lo más importante no es algo que tiene dominio sobre mi vida.
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